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Bitácora

Fase II: El Encuentro — Tomando el té con cuatro grandes

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«Entrar en el duelo no es solo llorar lo que perdimos, sino reconocer lo que nunca tuvimos. Hoy abrazo a esa niña que se defendió sola».

“Este texto aborda experiencias de abuso y vínculos familiares difíciles.”

Tomando el té con Carl Jung, Brian Weiss, Viktor Frankl y Milton Erickson, entendí algo que nadie me había dicho antes:

nadie esperaba que perdonara.

nadie me pedía comprensión.

solo que dejara de cargar lo que nunca fue mío.

Jung observaba en silencio, como si mirara el fondo de una taza y no el té.

Dijo que la sombra no desaparece cuando se la niega,

sino cuando se la reconoce sin miedo.

Y entendí que mi rabia no era oscuridad:

era energía detenida por lealtad.

Brian Weiss sostuvo la taza como quien sabe que el tiempo no es lineal.

Habló de memorias que no siempre empiezan donde creemos,

pero que se quedan cuando alguien —por amor o por supervivencia—

se hace cargo de lo que otros no pudieron sostener.

Yo me hice cargo.

Demasiado pronto.

Demasiado sola.

Durante años creí que algo en mí estaba mal.

Que exageraba.

Que debía entender.

Que callar era madurar.

Pero no.

Callar fue sobrevivir.

Milton Erickson, con esa forma suya de decir sin imponer,

me recordó que el cuerpo nunca olvida el momento exacto

en que aprendió a callar para estar a salvo.

Y también recuerda cuándo el peligro ya pasó.

La garganta guarda verdades no dichas.

No por cobardía, sino por miedo a las consecuencias.

El problema es que a veces seguimos pagando consecuencias

cuando ya no existen.

Viktor Frankl fue el único que habló de sentido.

No del sentido del dolor —eso sería una crueldad—

sino del sentido de decidir qué no seguir cargando.

Y ahí lo vi claro.

No devuelvo amor.

No devuelvo recuerdos.

Devuelvo responsabilidades.

Devuelvo el silencio impuesto.

Devuelvo la mentira sostenida.

Devuelvo la carga de proteger a quien debía protegerme.

No con odio.

Con límites.

Hoy no me despido de una persona.

Me despido de una espera.

La espera de que me eligieran.

La espera de que se hicieran cargo.

La espera de que la verdad importara.

Bajarme de ese lugar duele.

Pero quedarme ahí me destruye.

Y por primera vez, sin épica y sin ruido,

me pongo de mi lado.

No como acto de rebeldía,

sino como acto de salud.

Quizás alguien que lea esto

también esté sosteniendo una carga ajena

desde hace demasiado tiempo.

Si es así, ojalá estas palabras sirvan

no para empujar,

sino para dar permiso.

Estas palabras nacieron originalmente en mi refugio digital:

https://allisonpanizza.blogspot.com/2026/02/tomando-el-te-con-cuatro-maestros-sobre.html

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Fase V Comprensión — Mirar las grietas

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Después de rompernos, hay un instante incómodo…

uno en el que ya no podemos fingir que todo está bien,

pero tampoco sabemos todavía cómo reconstruirnos.

Es el momento de la verdad.

Las grietas ya no pueden esconderse.

Están ahí, visibles, marcando lo que dolió, lo que faltó, lo que se sostuvo más de lo que debía.

Comprender no es justificar el dolor, sino darle un lugar.

Y entonces aparece algo que asusta más que la ruptura misma:

mirarlas.

Mirar las grietas no es solo recordar lo que pasó. Es el acto más valiente que podemos hacer, porque en lugar de esconderlas con vergüenza, empezamos a verlas como los senderos por donde entró la luz. Es animarse a ver sin filtros:

lo que permitimos,

lo que callamos,

lo que esperamos demasiado tiempo,

lo que idealizamos…

y lo que, en el fondo, ya sabíamos.

Porque sí… hay una parte nuestra que siempre supo.

Cada grieta tiene una fecha, un nombre y una lección. Hoy no las juzgo, hoy solo las observo con compasión.

Pero comprender no es castigarse.

No es señalarse con culpa ni repetir una y otra vez lo que se hizo mal. Eso también es una forma de no avanzar.

Comprender es algo más profundo.

Es mirar la historia con honestidad y, al mismo tiempo, con compasión.

Es aceptar que en cada grieta hay una enseñanza, aunque no nos haya gustado la forma en que llegó.

Es dejar de preguntarse «¿por qué me pasó esto?» para empezar a preguntarse «¿qué me vino a mostrar?»

Y en ese cambio… algo se acomoda.

Las grietas dejan de ser solo heridas abiertas y empiezan a volverse mapas.

Mapas que señalan dónde nos perdimos, dónde nos olvidamos de nosotros mismos y dónde necesitamos volver.

Porque comprender no borra el dolor… pero le da sentido.

Y cuando algo tiene sentido, deja de ser solo una herida y empieza a convertirse en conciencia.

Ejercicio para hoy

Te invito hoy a que mires tus propias marcas. No trates de borrarlas; trata de entender qué parte de ti se hizo más fuerte después de esa fractura.

Recuerda: «Las grietas no aparecen para quebrarnos… aparecen para mostrarnos dónde necesitamos mirarnos de verdad.»

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Fase IV El cuerpo como templo: El lenguaje del silencio

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A veces, el cuerpo habla cuando el alma ya no tiene palabras.
Durante las crisis, solemos refugiarnos en la mente, tratando de entender el «porqué» de las cosas, mientras olvidamos que habitamos una estructura viva que también está procesando el dolor.
El cuerpo no miente: es el mapa de nuestras batallas y el refugio de nuestras esperanzas.
Escuchar el cuerpo no es solo atender una molestia física; es reconocer que cada tensión, cada cansancio y cada suspiro tiene una historia que contar.
Habitarse de nuevo:
La sanación real comienza cuando dejamos de ver al cuerpo como una máquina y empezamos a verlo como un templo.
Un lugar sagrado que merece ser escuchado, cuidado y, sobre todo, perdonado por las veces que le exigimos más de lo que podía dar.
Hoy, la invitación es a volver a casa. A sentir tus pies en la tierra, tu respiración en el pecho y a agradecerle a cada célula por haberte sostenido cuando el mundo parecía desmoronarse.

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El Árbol que nos Habita

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«Hay heridas que no se quedan en el patio de la infancia; viajan en nuestra sangre, se sientan a nuestra mesa y nos dictan quiénes debemos ser hasta que nos atrevemos a mirarlas de frente».
Crecimos creyendo que el maltrato era el lenguaje del amor, o al menos, el único que conocían quienes debían protegernos. Muchas veces, en la soledad de nuestra habitación de niñas, nos preguntamos si realmente pertenecíamos a ese lugar, buscando una explicación mágica a un dolor que no tenía lógica.

Hoy, ya adultas, entendemos que no somos «adoptadas» por el azar, sino a veces desterradas emocionalmente por quienes no supieron sanar sus propias sombras. Mirar la herida familiar no es traicionar nuestro origen, es darnos el permiso de no repetir la historia. Porque se puede cuidar desde el deber o desde la compasión, pero no podemos permitir que el pasado siga apretando el cuello de nuestro presente.

Como decía Jung, somos el resultado de un árbol cuyas raíces a veces están enfermas. Pero no somos la raíz; somos el fruto que decide caer lejos para plantar algo nuevo. Desde la logoterapia, el sentido de este dolor no es el castigo, sino la oportunidad de convertirnos en la madre/protectora que nosotras mismas no tuvimos. Tu alma eligió este camino no por debilidad, sino porque tenía la fuerza para interrumpir el ciclo.

Hoy te invito a que respires profundo y te digas a ti misma: «Ya no soy esa niña indefensa. Hoy soy la mujer que decide qué historias se quedan y cuáles se dejan ir».

«Honrar a tus padres no significa heredar sus sombras; honrarte a ti misma es la única forma de sanar el linaje».

Es profundamente movilizante cuidar de quien nos hirió. Recuerda que ser el sostén de tu agresora requiere una estructura emocional muy sólida; buscar un espacio de terapia personal no es un lujo, es el escudo que protege tu propia salud mental mientras transitas este proceso tan complejo.

Allison Panizza

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