Política
El peligro silencioso para la institucionalidad
En toda democracia sana existen diferencias políticas, debates intensos y confrontaciones de ideas. De hecho, el disenso forma parte de la esencia misma del sistema democrático. Sin embargo, cuando la confrontación deja de centrarse en las ideas y comienza a transformarse en una disputa permanente entre personas, partidos e instituciones, surge un riesgo que muchas veces pasa inadvertido: el deterioro gradual de la confianza ciudadana en la institucionalidad.
Quien observe con atención las sesiones del Parlamento podrá advertir una realidad preocupante. Tanto en la Cámara de Senadores como en la de Diputados se han vuelto frecuentes los episodios de burlas, agravios personales, interrupciones y faltas de respeto que poco tienen que ver con el intercambio serio de argumentos que la ciudadanía espera de sus representantes.
No se trata de exigir unanimidad ni de eliminar el debate político. Por el contrario, el debate es indispensable. Lo preocupante es cuando el enfrentamiento se convierte en un espectáculo permanente que desplaza la discusión de los problemas reales que afectan a la población.
A este fenómeno se suma la creciente dinámica de denuncias cruzadas entre los distintos actores políticos. Desde la oposición hacia el gobierno de turno, desde el oficialismo hacia administraciones anteriores y entre distintos sectores partidarios, las acusaciones parecen sucederse sin pausa. Algunas podrán estar debidamente fundamentadas y otras no; corresponde a la Justicia y a los organismos competentes determinarlo. Sin embargo, para el ciudadano común, la acumulación constante de denuncias termina generando una sensación de sospecha generalizada.
El problema se agrava aún más en las redes sociales. Allí, las acusaciones, rumores e interpretaciones circulan a una velocidad imposible de igualar por los mecanismos de verificación. Muchas personas terminan adoptando como verdades absolutas versiones que aún no han sido comprobadas, mientras otras consumen únicamente información que confirma sus propias creencias. La consecuencia es una sociedad cada vez más dividida y menos dispuesta a escuchar al que piensa diferente.
La historia demuestra que las democracias rara vez se debilitan de un día para otro. El desgaste suele ser lento y progresivo. Comienza cuando la ciudadanía pierde confianza en el Parlamento, en la Justicia, en los partidos políticos, en los medios de comunicación o en cualquier institución encargada de garantizar el funcionamiento del sistema republicano.
Por eso, el verdadero peligro no son las diferencias ideológicas. El verdadero peligro es la pérdida del respeto por las reglas del juego democrático y por las instituciones que permiten que esas diferencias se expresen pacíficamente.
Cuando la confrontación permanente sustituye al diálogo, cuando la sospecha reemplaza a la confianza y cuando el adversario político deja de ser visto como un competidor legítimo para convertirse en un enemigo, la democracia comienza a debilitarse.
No suenan tambores de guerra en el sentido literal de la expresión. Pero sí se perciben señales de una creciente polarización que merece atención. La responsabilidad de revertir esa tendencia no recae únicamente en los dirigentes políticos. También corresponde a los ciudadanos exigir un debate más respetuoso, más responsable y más comprometido con el fortalecimiento de las instituciones.
Porque las democracias no se sostienen solamente con elecciones periódicas. Se sostienen, sobre todo, con confianza. Y cuando esa confianza se erosiona, la institucionalidad comienza a resquebrajarse, aun cuando sus estructuras permanezcan aparentemente intactas.
«La fortaleza de una democracia no se mide cuando todos están de acuerdo, sino cuando quienes están en desacuerdo siguen respetando las mismas reglas.»