Entretenimiento
¿Y ahora, quién se murió?
Por Marciano Durán
Nos está pasando demasiado seguido.
Me refiero a nuestra generación y a la maldita costumbre de encontrarnos cada mañana con la
noticia de que falta otro.
Suben a las redes una foto grupal para avisar que alguien se murió.
Creo que una de las experiencias más terribles de los últimos años es tratar de adivinar cuál de los que está en la foto de Facebook es el que dicen que se murió.
Porque esos segundos son larguísimos, y vos podés elegir de a uno, para “ir matándolos”, y cada elección es un piñazo en el estómago. Es como jugar a ser Dios.
En términos reales, es decir, en tu cabeza, esa persona que elegís murió
por unos segundos, porque así te lo planteaste.
Como si fuera poco, algunos agarraron la onda de subir una foto con un grupo de ocho o diez
personas. Y abajo escriben: “Vuela alto”.
¡No! ¡Pará! ¡No seas malo, papá! ¡Decime cuál de todos arrancó a planear!
Porque en esa foto hay algún hermano, una amiga del alma, un primo querido… y yo.
Ta, te descartas vos y al que mandó la foto. Pero… ¡al resto los vas matando de a uno!
Para hacerla más difícil, esos malditos juegan con cómplices. Porque enseguida entra otro,
y muy suelto de cuerpo, agrega: “Abrazo al cielo”.
¡No, amigo! Si vos sabés cuál es el que se peló pa’l cielo, decilo. ¡No tires más tierra sobre el cajón!
El tercero que aparece generalmente escribe: “Se nos adelantó en el camino”.
Y vos seguís asistiendo al Triple V: Variados Velatorios Virtuales.
Si era un artista, nunca falta el que agrega: “No murió, se fue de gira”.
En ese momento, alguno que está leyendo se calienta y les grita con mayúsculas:
“¡¿SE PUEDE SABER QUIÉN SE MURIÓ DE TODOS LOS DE LA FOTO?!”
Y nadie le contesta.
Lo que sigue son mensajes que se van alternando:
“QEPD” – “¿Quién murió?” – “QEPD” – “¿Quién murió?” – “QEPD” – “¿Quién murió?” –
hasta que llega la madrugada y te dormís.
Porque hasta parece que disfrutaran de tener ese dato y dejar que te duermas con la
duda.
Bien, dicho todo esto, tengo una noticia para ustedes. Llegaron días diferentes para nuestra
generación.
En los últimos años se puso de moda recuperar fotos grupales (algunos hasta les ponen color o les agregan movimiento).
Ahí estás vos, en primero de liceo, rodeado de quince gurises de corbatita Banlon y quince gurisas de pollerita corta.
La mirás bien y lográs ponerles nombre a casi todos.
La mirás otra vez y te das cuenta de que hay seis o siete que ya no están.
O, por decirlo mejor, se murió media docena de compañeritos.
La foto y sus ausencias son un golpazo, una bajada a tierra, una manera de condensar en un par de segundos el paso del tiempo.
¡Se nos fue el 15 o el 20 por ciento de primero de liceo! (de los profes ni hablemos).
Y dicho así —usar el verbo “irse” en vez de “morirse” y traducirlo a porcentajes— parece una
estadística del Ministerio del Interior.
El problema es cuando le ponés nombres a los números y te das cuenta de que la rubia que te
gustaba tanto, la que en la foto está pegadita a vos a tu derecha, y el flaco alto de la izquierda… ¡se murieron los dos!
Y a vos te pegaron en los palos… en los dos palos.
Y hablando de palos… mirás la fotografía del equipo de fútbol en el que
jugaste, y como si fuera la foto de Volver al futuro, te das cuenta de que se te
borraron varios.
El golero seguramente le está atajando penales a San Pedro; el 9 ha de estar agarrándose la rodilla —como siempre—, esta vez encima de una nube; y el director técnico fue el primero en
“descender”… o en “ascender a la B” (no sé bien cómo sería la metáfora acá).
O sea… quedás vos y seis más.
Creo que va siendo hora de meterle pienso a este momento, para tratar de entenderlo.
Estamos —los que pasamos los 60— en un momento clave de nuestras vidas.
(Más allá de que todos los momentos son claves, capaz que este es un poco más clave que cuando te empiezan a salir granitos o bailás el pericón por primera vez).
Sí, ya sé, esto viene pasando desde que empezó el mundo, pero ¿sabés una cosa?
Nadie me explicó qué se hace en estos casos, cuando las balas pican tan cerca.
Por lo pronto, me parece que es un buen momento para compartir la poesía de un tipo al que
admiro muchísimo: Mario Benedetti.
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego, cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora, veteranos,
ya le dimos alcance a la verdad:
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Y a mí me parece —dicho esto muy humildemente— que no deberíamos dejar pasar así nomás este momento. O sea, creo que tenemos tres caminos:
- Cerramos los ojos y seguimos como si no pasara nada, hasta que llegue el día en que no pegue
en el palo. - Nos dolemos y nos amargamos, porque falta menos para pasar al grupo de los voladores,
y vivimos así, preparando el despegue, con los brazos abiertos, en lo que quede de partido. - Entendemos lo que significa —hoy más que nunca— la maravilla de la vida y actuamos en
consecuencia.
¡Y festejamos!
¡Y celebramos eso!
- A mí me gusta pensar que estamos en el 50, 60, 70 por ciento de los que seguimos estando en las
- fotos, en las calles, en los bailes y en los partidos.
- Hablando de bailes… el otro día me di cuenta de que los que nos hicieron bailar ya no están entre
- nosotros.
- Busqué en Google y me enteré de que de Los Plateros queda “Solamente tú” (vos, “only you”, el
- que los escuchaba), y de Los Panchos no quedó ni la mostaza.
- Y recordé aquellas tardes de verano en mi adolescencia, cuando escuchábamos folklore argentino
- en el tocadiscos.
- Tengo otra noticia jodida: no hay ninguno vivo de Los Chalchaleros, Los Tucu Tucu, Los Quilla
- Huasi, Los del Suquía, Los Cantores del Alba, Los de Salta, Los Hermanos Ávalos… y podría seguir
- un par de horas más. Los Fronterizos deben de estar cantando La Misa Criolla, pero con arpas en
- vez de guitarras.
- Bueno… de Los Iracundos, solo está quedando el bajista.
- (“Y te has quedado solo”, le dirán algunos; “Venite volando”, escuchará que le canta Franco).
- ¡Ta! —dirás vos—. Pero… ¿y el Club del Clan? Con esa banda de gente sí que nos divertimos.
- ¿Banda de gente? Sí, eran más de cuarenta.
- Tengo otra noticia mala: solo viven Lalo Fransen, Raúl Lavié y Palito Ortega.
- Y ya que estamos… ¿te gustaba bailar alguna cumbia en los cumpleaños?
- Ojalá hayas bailado bastante con Los Wawancó, porque no quedó ni la guayabera.
- ¿Te gustaban Les Luthiers? Bueno, te aviso que Maronna y López Puccio son los únicos que este
- domingo pueden presentarte La Kermesse de los sábados.
- Mientras tanto, te pido que mantengamos vivos en nuestra memoria a los Campeones del Mundo
- del 50, porque es en el único lugar donde están vivos: en la memoria.
- No hay ni uno solo para contarnos cómo fue el silencio de Maracaná.
- Y fijate en la tele: es cierto que no pasábamos tantas horas frente a la pantalla, pero mirá esto:
- Seguí con la búsqueda en Google y me enteré de que de Combate, El túnel del tiempo o Tierra de
- gigantes —por elegir alguno— no quedó ni el loro.
- Redondeemos: se murieron la mayoría de los actores del Chavo del 8; de los originales, solo Pelusa
- Vera le aguanta los trapos a Decalegrón y Gabriela Acher a Telecataplum.
- ¿”Cada muerte de un obispo”, dijiste ? ¡Cada muerte de un papa, que es más difícil!
- Se murieron los siete papas que viste dar misa desde el Vaticano.
De los doce astronautas que pisaron la Luna solo quedan cuatro.
Del Nacional Campeón del 71, de la formación de la final, apenas cinco jugadores ven al bolso por televisión. Del Peñarol Campeón de América del 66, queda Pablo Forlán.
Se murieron todos los senadores que estaban en el Palacio Legislativo el día del golpe de Estado.
De un cuarto centenar de presidentes de nuestro país, solo los Lacalle y Sanguinetti siguen vivos.
Y ahora, a falta de Zitarrosa, el Sabalero o Viglietti, escuchamos a los Olimareños o a los Zucará.
Volvamos al principio: Deberíamos considerar seriamente nuestra situación. Me refiero a la mía y a la suya. Hablo de usted, que me está leyendo en este momento.
El mensaje que hay que rescatar es: ¡Estamos vivos!
Esa debería ser la noticia más importante de todas.
Así que la invito —lo invito— a celebrar la vida.
Y esta noche le pido que se tome un vino, se fume un cigarrillo, se baile una cumbia, se cante un tango, se ría bastante, coma algo rico y escuche una buena canción.
No es necesario que haga el amor, porque el amor, a esta altura, ya está hecho.
Y por sobre todas las cosas, considere ser feliz solo por estar leyendo esto.
No por el texto (que es una porquería, seguramente).
Siéntase absolutamente feliz por seguir estando ahí, con sus dolores, sus alegrías y sus penas.
A diferencia de sus abuelos, de sus tíos y de la mayoría de las personas que conoció en su infancia y adolescencia, usted sigue estando ahí.
¡No joda! Déjese de protestar, de amargarse, y esta noche mámese hasta las patas.
Llame por teléfono y perdone al que lo ofendió. Dígales “te quiero” a todas las personas a las que les quedó debiendo un mimo.
Acaricie a su perro, riegue la maceta, salga a mirar las estrellas (que alguien se las puso ahí para que usted las disfrute).
¡Viva!
Pero viva con toda su alma.
¡Que usted sigue estando en las fotos!
¡Celebre la vida!
Que son muchos los que no pueden hacerlo.
¡Vamos, que le queda toda la vida por delante!